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La Coctelera

Que el aire de Poniente nos aclare la vista

¿Nos sumergimos?

17 Noviembre 2005

“Que tu piel morena brille en el Paraiso"

Ya ni recordabas cuando saliste de tu pueblo buscando el paraíso, aunque nunca olvidaste la cara de aquel amigo que te lo vendió, por todos tus ahorros y todos los de tu familia. Una ganga, si tenemos en cuenta, que una vez en el país de los sueños, en ese paraíso, tú podrías prosperar y recuperar con creces la felicidad que tu nacimiento te negó y darle a la familia una parte generosa de la misma.
¡Pobre Salem!… Nunca supiste que tu pobre aldea, pertenecía a un país también pobre llamado Mali y de repente empezaste a hablar de España, de Francia, de Alemania y estudiar sus respectivas geografías y cual de esos paraísos se adecuaba mejor a tus exigencias.
¡Pobre Salem…! Ya no importa tu miedo, ni tu hambre, ni una sola de las noches que pasaste en vela con el terror introducido entre tus huesos, en la inmunda bodega del barco que te transportaba al edén.

¡Pobre Salem…! Tu piel negra se deshidrató en silencio en la bodega del barco que te transportaba al edén. Tu sudor salado, sirvió de bálsamo para enjugar tus labios jóvenes y resecos de tantas injusticias. ¡Pero eso ya nada importa! Tu cuerpo joven y lleno de ilusionada esperanza, llegó por fin al soñado paraíso y se bañó por última vez en el río de la vida. Ya no pasarás hambre, nadie más intentará robarte lo que es tuyo Salem. Ni sufrirás sed, ni pasarás sueño.
El río de la vida te llevará para siempre al paraíso de los sueños, donde debiste nacer aunque tu piel no naciera blanca.

Juan Ramón

10 de febrero del 99
Un pobre muchacho de Mali, salta de un mercante y se ahoga en el río Guadalquivir luchando por alcanzar el paraíso.

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15 Noviembre 2005

Pequeños recuerdos de mi infancia y de otra etapa de mi vida. (Aún estoy loco)

¡Menuda tripulación! Mariana, Manuel, José María, y yo como el intrépido capitán que los conduciría en nuestro soñado barco por los confines de los mares del mundo, en busca de las aventuras que domingo a domingo íbamos forjando en nuestras mentes infantiles, mentes libres y limpias de las impurezas que los adultos hacen que los sueños sean utopías.

Cada domingo, mi joven tripulación, se encontraba en la pequeña Iglesia de la Virgen del Carmen que el barrio de pescadores tenía y tras oír la obligada Misa, se encaminaba hacia el gran puerto y allí, como miembros de un gabinete de construcción naval, tomábamos nota de los barcos atracados para después, con calma y entusiasmo, diseñar ese barco maravillosamente marinero que nos permitiera realizar nuestra odisea.

Tú Mariana, serás la cocinera, Tú Manuel, serás el timonel. Tú José María… Y así cada domingo se iba desgranando la misma historia, la maravillosa historia de sueños e ilusiones que los niños saben construir y que los años y la vida, poco a poco se encargan de desvanecer con la pintura gris de la amarga realidad.

Las circunstancias y la vida hicieron años después, que mi tripulación se separara entre sí muchos Kilómetros y que la lejanía impidiera que nos viéramos con frecuencia; así que nos hicimos adultos conservando entre nosotros un especial cariño, pero sin diseñar juntos hermosos barcos de blancas velas y claro está, sin navegar sobre ningún mar de nuestros sueños de infancia.

Unas vacaciones fui a visitar a mí querido amigo Manuel, a igual que yo, ya casado y padre de familia y mientras charlábamos sobre nuestras vidas y de cómo les iban las cosas a nuestra querida Mariana y a José María, Manuel hizo un breve silencio, sonrió… tomó aire y muy condescendiente me dijo:
¿Recuerdas cuando éramos pequeños…?
Y sin dejarme responder añadió:
¡Qué tipo mas soñador…! ¡Qué loco estabas!

Yo, sorprendido, encajé aquel pensamiento con una mueca,
fingiendo entender lo que Manuel me decía y preguntándome si aquella revelación era fruto de la madurez, o tal vez era un pensamiento que había arrastrado a lo largo de los años con mis otros amigos y desde aquella época en la que yo creía tener una tripulación sólida y homogénea hacia un único fin.

No fui capaz de revelarle mis pensamientos, ni tampoco mi gran secreto…

Cuando nos despedimos, lo hicimos como lo hacen las personas que se aprecian y que no saben cuando se volverán a ver.
Al partir nos dimos un fuerte abrazo. Lágrimas de afecto rodaron por mis mejillas y desde aquellos días, cuando recuerdo a mi tripulación, siento alegría y tristeza al mismo tiempo.
Alegría porque aun estoy loco…
Lo suficiente como para diseñar hermosos barcos y escaparme con ellos por mares tangibles e imaginarios.
Tristeza porque mi querida tripulación…
Aquella tripulación maravillosa de cien domingos de sueños, se ha desvanecido y en ella tal vez queda un recuerdo…
El recuerdo de un niño loco.

Dedicado a aquel a quien su piel de adulto, no le impide transpirar sueños y ensuciarse las manos con bolas de barro y jugar con burbujas de jabón.
Juan Ramón

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13 Noviembre 2005

Una historia de mar

“Una historia de mar

Los rociones del levante creciente golpeaban la cara de aquel hombre recio que aferrado al timón, trataba de poner su pequeño pesquero en la seguridad del puerto. Los embates de unas olas cada vez más gruesas, explosionaban contra la amura de babor y hacían temblar hasta la última cuaderna de aquella frágil embarcación, que en medio de aquel mar embravecido, se zarandeaba con un único propósito: divisar la bocana del puerto y entrar por ella sanos y salvos.
El marino que gobernaba aquella nave, calado hasta el tuétano de sus huesos, musitaba frases ininteligibles, tal vez desgranando oratorias a la madre de todos los cristianos, la que la gente de la mar llama
“Virgen del Carmen “O quizás implorando clemencia a alguna divinidad pagana. Al mismo tiempo daba órdenes precisas a los dos tripulantes que junto a él, se encontraban en aquella situación tantas veces repetidas: ¡La bodega Ignacio, revisa la bodega…! ¡Ramón la botavara bien aferrada…! Mientras, un cielo plomizo se les caía sobre sus sencillos semblantes y un espumerio blanco, los envolvía amalgamándolos con el mar que a pesar de todo tanto querían.
Una enorme y rugiente ola se acercaba amenazadoramente por popa, en su cresta, el viento aullaba como un lobo y lanzaba borbotones de espuma.
José, el patrón, gira su cuerpo y se percata de la peligrosa mole que como un tren se dirigía hacia ellos y alerta a Ramón y a Ignacio, para que se agarren a cualquier cosa firme que tuvieran a mano.
La ola como era de temer, estalla violentamente contra la desvalida embarcación, arrancando violentamente trozos del enjaretado del puente, al mismo tiempo que hace sumergir al pesquero por unos segundos.
La masa de agua pasa y la nave sale a flote sacudiéndose del embate.

Su tripulación, atónita y temblorosa evalúa la situación percatándose de que las ventanas del puente han desaparecido, así como parte de la estructura donde estaba el nombre “Ana María”. Nombre que sus nautas habían puesto al cascarón que en manos del destino, trataba azarosamente de llegar a puerto.
Ramón grita a José que la bodega está inundada. Ignacio que se había aferrado fuertemente al pequeño mástil, se percata que los pernos de la jarcia han volado y esta se tambalea peligrosamente.

José manda a Ramón a comprobar el estado del motor, que suena en su pequeño habitáculo con un extraño sonido. Este abre el tambucho que da al motor y observa que el agua casi llega a la polea del ventilador.

Ramón empieza a achicar agua como un poseso antes de comunicarle a José el estado de la situación. Cuando siente gritar a este ¡Ramón, Ignacio!
¡Puerto…! ¡Puerto…¡ ¡Puerto…!
Cada uno continúa en su puesto. José al timón, Ramón achicando agua y Ignacio apañando el mástil con unos pernos de fortuna. Los tres se miraron unos instantes con una pequeña sonrisa de complicidad y sin distraerse de lo que llevaban entre manos, miraron al cielo que continuaba gris y en silencio, cada uno de ellos dio gracias. Sin duda alguna a la Patrona, a la Madre que los hijos de la mar se encomiendan, sobre todo cuando sufren y se ven en situaciones en las que no saben si volverán a ver la bocana de su puerto.

La Ana María entra renqueando a su refugio. Después de mucho rato de divisarlo y tras una ardua lucha contra los elementos y sus consecuencias, entra al fin; con heridas múltiples, pero con fuerza suficiente como para atarse en su noray y tras curarse, zarpar nuevamente con su misma tripulación a arrancarle el pan a esa mar a veces tan cruel, a veces tan cruel.
José, Ramón e Ignacio, entran en el bar del puerto después de haber dejado bien seguro al “Ana María” empapados hasta la médula y con los bolsillos llenos de la ruina que la tormenta les ha propiciado. Jubilosos y esperanzados invitan a beber a todos los que allí se encuentran, levantando sus vasos por su Virgen del Carmen.

Hombres de la mar, que en mi ya alejada infancia, me dejaron cual herencia, aquel rancio olor a redes fermentando al sol. A pulpo y voladores expuestos al secadero viento variable de mi pueblo, a lágrimas de dolor por aquellos que no alcanzaron la bocana del puerto y se fundieron en esa mar a veces tan cruel, a veces tan cruel…

Cuando escribí este corto relato, lo hice recordando pequeñas historias de mar que mi abuelo me contaba sentado en sus rodillas. Cuando mi pluma desgranaba sus letras, vibraba con la admiración y cariño que Ramón, el viejo pescador, supo transmitirme sin demasiado esfuerzo hacia esa sufrida familia.
Para todos ellos.

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