Una historia de mar
“Una historia de mar
Los rociones del levante creciente golpeaban la cara de aquel hombre recio que aferrado al timón, trataba de poner su pequeño pesquero en la seguridad del puerto. Los embates de unas olas cada vez más gruesas, explosionaban contra la amura de babor y hacían temblar hasta la última cuaderna de aquella frágil embarcación, que en medio de aquel mar embravecido, se zarandeaba con un único propósito: divisar la bocana del puerto y entrar por ella sanos y salvos.
El marino que gobernaba aquella nave, calado hasta el tuétano de sus huesos, musitaba frases ininteligibles, tal vez desgranando oratorias a la madre de todos los cristianos, la que la gente de la mar llama
“Virgen del Carmen “O quizás implorando clemencia a alguna divinidad pagana. Al mismo tiempo daba órdenes precisas a los dos tripulantes que junto a él, se encontraban en aquella situación tantas veces repetidas: ¡La bodega Ignacio, revisa la bodega…! ¡Ramón la botavara bien aferrada…! Mientras, un cielo plomizo se les caía sobre sus sencillos semblantes y un espumerio blanco, los envolvía amalgamándolos con el mar que a pesar de todo tanto querían.
Una enorme y rugiente ola se acercaba amenazadoramente por popa, en su cresta, el viento aullaba como un lobo y lanzaba borbotones de espuma.
José, el patrón, gira su cuerpo y se percata de la peligrosa mole que como un tren se dirigía hacia ellos y alerta a Ramón y a Ignacio, para que se agarren a cualquier cosa firme que tuvieran a mano.
La ola como era de temer, estalla violentamente contra la desvalida embarcación, arrancando violentamente trozos del enjaretado del puente, al mismo tiempo que hace sumergir al pesquero por unos segundos.
La masa de agua pasa y la nave sale a flote sacudiéndose del embate.
Su tripulación, atónita y temblorosa evalúa la situación percatándose de que las ventanas del puente han desaparecido, así como parte de la estructura donde estaba el nombre “Ana María”. Nombre que sus nautas habían puesto al cascarón que en manos del destino, trataba azarosamente de llegar a puerto.
Ramón grita a José que la bodega está inundada. Ignacio que se había aferrado fuertemente al pequeño mástil, se percata que los pernos de la jarcia han volado y esta se tambalea peligrosamente.
José manda a Ramón a comprobar el estado del motor, que suena en su pequeño habitáculo con un extraño sonido. Este abre el tambucho que da al motor y observa que el agua casi llega a la polea del ventilador.
Ramón empieza a achicar agua como un poseso antes de comunicarle a José el estado de la situación. Cuando siente gritar a este ¡Ramón, Ignacio!
¡Puerto…! ¡Puerto…¡ ¡Puerto…!
Cada uno continúa en su puesto. José al timón, Ramón achicando agua y Ignacio apañando el mástil con unos pernos de fortuna. Los tres se miraron unos instantes con una pequeña sonrisa de complicidad y sin distraerse de lo que llevaban entre manos, miraron al cielo que continuaba gris y en silencio, cada uno de ellos dio gracias. Sin duda alguna a la Patrona, a la Madre que los hijos de la mar se encomiendan, sobre todo cuando sufren y se ven en situaciones en las que no saben si volverán a ver la bocana de su puerto.
La Ana María entra renqueando a su refugio. Después de mucho rato de divisarlo y tras una ardua lucha contra los elementos y sus consecuencias, entra al fin; con heridas múltiples, pero con fuerza suficiente como para atarse en su noray y tras curarse, zarpar nuevamente con su misma tripulación a arrancarle el pan a esa mar a veces tan cruel, a veces tan cruel.
José, Ramón e Ignacio, entran en el bar del puerto después de haber dejado bien seguro al “Ana María” empapados hasta la médula y con los bolsillos llenos de la ruina que la tormenta les ha propiciado. Jubilosos y esperanzados invitan a beber a todos los que allí se encuentran, levantando sus vasos por su Virgen del Carmen.
Hombres de la mar, que en mi ya alejada infancia, me dejaron cual herencia, aquel rancio olor a redes fermentando al sol. A pulpo y voladores expuestos al secadero viento variable de mi pueblo, a lágrimas de dolor por aquellos que no alcanzaron la bocana del puerto y se fundieron en esa mar a veces tan cruel, a veces tan cruel…
Cuando escribí este corto relato, lo hice recordando pequeñas historias de mar que mi abuelo me contaba sentado en sus rodillas. Cuando mi pluma desgranaba sus letras, vibraba con la admiración y cariño que Ramón, el viejo pescador, supo transmitirme sin demasiado esfuerzo hacia esa sufrida familia.
Para todos ellos.

Jose Manuel Sesma dijo
Magnifica historia. Aunque no soy hombre de mar, estoy muy relacionado con pescadores, patrones y armadores, y se bien lo angustioso que puede llegar a ser incluso avanzar unos pocos metros, o volver a puerto sin encontrar un compañero. La mar, fuente de vida y enormes riquezas, puede ser muy cruel...
13 Noviembre 2005 | 03:04 PM