¡Menuda tripulación! Mariana, Manuel, José María, y yo como el intrépido capitán que los conduciría en nuestro soñado barco por los confines de los mares del mundo, en busca de las aventuras que domingo a domingo íbamos forjando en nuestras mentes infantiles, mentes libres y limpias de las impurezas que los adultos hacen que los sueños sean utopías.

Cada domingo, mi joven tripulación, se encontraba en la pequeña Iglesia de la Virgen del Carmen que el barrio de pescadores tenía y tras oír la obligada Misa, se encaminaba hacia el gran puerto y allí, como miembros de un gabinete de construcción naval, tomábamos nota de los barcos atracados para después, con calma y entusiasmo, diseñar ese barco maravillosamente marinero que nos permitiera realizar nuestra odisea.

Tú Mariana, serás la cocinera, Tú Manuel, serás el timonel. Tú José María… Y así cada domingo se iba desgranando la misma historia, la maravillosa historia de sueños e ilusiones que los niños saben construir y que los años y la vida, poco a poco se encargan de desvanecer con la pintura gris de la amarga realidad.

Las circunstancias y la vida hicieron años después, que mi tripulación se separara entre sí muchos Kilómetros y que la lejanía impidiera que nos viéramos con frecuencia; así que nos hicimos adultos conservando entre nosotros un especial cariño, pero sin diseñar juntos hermosos barcos de blancas velas y claro está, sin navegar sobre ningún mar de nuestros sueños de infancia.

Unas vacaciones fui a visitar a mí querido amigo Manuel, a igual que yo, ya casado y padre de familia y mientras charlábamos sobre nuestras vidas y de cómo les iban las cosas a nuestra querida Mariana y a José María, Manuel hizo un breve silencio, sonrió… tomó aire y muy condescendiente me dijo:
¿Recuerdas cuando éramos pequeños…?
Y sin dejarme responder añadió:
¡Qué tipo mas soñador…! ¡Qué loco estabas!

Yo, sorprendido, encajé aquel pensamiento con una mueca,
fingiendo entender lo que Manuel me decía y preguntándome si aquella revelación era fruto de la madurez, o tal vez era un pensamiento que había arrastrado a lo largo de los años con mis otros amigos y desde aquella época en la que yo creía tener una tripulación sólida y homogénea hacia un único fin.

No fui capaz de revelarle mis pensamientos, ni tampoco mi gran secreto…

Cuando nos despedimos, lo hicimos como lo hacen las personas que se aprecian y que no saben cuando se volverán a ver.
Al partir nos dimos un fuerte abrazo. Lágrimas de afecto rodaron por mis mejillas y desde aquellos días, cuando recuerdo a mi tripulación, siento alegría y tristeza al mismo tiempo.
Alegría porque aun estoy loco…
Lo suficiente como para diseñar hermosos barcos y escaparme con ellos por mares tangibles e imaginarios.
Tristeza porque mi querida tripulación…
Aquella tripulación maravillosa de cien domingos de sueños, se ha desvanecido y en ella tal vez queda un recuerdo…
El recuerdo de un niño loco.

Dedicado a aquel a quien su piel de adulto, no le impide transpirar sueños y ensuciarse las manos con bolas de barro y jugar con burbujas de jabón.
Juan Ramón